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Leo en la página 33 del libro de Lynn Hunt, “La invención de los Derechos Humanos•”, (publicado en castellano por Tusquets en la colección “Tiempo de Memoria”):
“… Creo que el cambio social y político –en este caso, los derechos humanos— se produce porque muchos individuos han tenido experiencias similares; no porque todos ellos habiten en el mismo contexto social, sino porque, mediante las interacciones de unos con otros, y con lo que leen y ven, crearon un nuevo contexto social. En resumen, insisto en que todo análisis de un cambio histórico debe acabar explicando la alteración de las mentes individuales. Para que los derechos humanos se volvieran evidentes, la gente normal y corriente debía disponer de nuevas formas de comprender, que surgieron a partir de nuevos tipos de sentimientos.”
Y acude a mí una imagen. Una tarde, volvíamos de Bosra, la antigua capital de la provincia romana de Arabia Pétrea, hecha de mil capas, hojaldre de culturas –nabateos, romanos, gasánidas… árabes, musulmanes, judíos, cristianos, mongoles…Un hojaldre negro de basalto resistente, Bosra. Volvíamos de Bosra, al bajar del autobús, en la estación rodeada, envuelta, ¿abrazada? por un pobrísimo y abarrotado suburbio, buscamos el lugar donde parar un taxi… Allí, allí, no, mejor allá. Pasó uno, se fue… esperamos pues. Mira, mírala, me dijo alguien discretamente, rozándome el codo. Ahí estaba, una mujer nos observaba, desde una prudente distancia y rodeada de bultos… su piel cobriza, muy roja en las mejillas y la nariz, delataba las horas de labor al aire libre. Abría de par en par, bajo aquella frente también enrojecida, dos enormes ojazos verdes… tan asombrados, fascinados, sonrientes… no podía apartarlos de nosotros; de vez en cuando se reía por lo bajini, tapándose la boca con la ancha manga de su djeelaba. Claro, éramos un grupo mixto, en el que las mujeres fumaban, lucían camisetas de manga corta y escotadas y bromeaban con los hombres… Desde mi silla de ruedas, carísima (y que pude comprar gracias a la ayuda de mi hermano, gracias Gabriel!), la observaba a mis anchas. Aquella mujer posiblemente no habría entendido el precio del artilugio que me sostenía, y le habría escandalizado. Entonces empecé imaginar quién era, cómo vivía… Campesina, aunque no beduina… Entonces, tal vez el rostro enrojecido se debiera a las horas de sacar agua del pozo, cuidar de un patio, un pequeño huerto… No, era campesina, seguro, vi sus manos, fuertes, anchas, igualmente curtidas… como las de n’Antònia de s’hort, en Mallorca, aquellas manos que raspaban mucho, ai!, y hacían coques de patata y partían el pescuezo a los conejos para el arroz de los domingos… Naima, la bauticé y me pregunté cuántos hijos tendría, cuántos abriles cargaba, parecía rondar los cincuenta, aunque había algo muy joven en su estar, no sé… ¿serían treinta envejecidos por la dureza? Hube de incorporarme, mis amigos desmontaron la silla y la metieron en el maletero con ayuda del taxista (¡la paciencia y mimo de los taxistas damasquinos!). De pie, apoyada en un bastón, me volví hacía ella. Sonreía, había algo travieso en su expresión, pillo, parecía muy divertida por la situación. Nos miramos a los ojos, su sonrisa se hizo más ancha, asomaron unos dientes blanquísimos… Fue algo así como si me dijera “iala, iala, menudo circo!” Y entrecerró los ojos, como hacen los gatos al asentir, e inclinó brevemente la cabeza, sin dejar de sonreír… Como pude, me llevé la mano al corazón, incliné la cabeza y murmuré massalama, Naima. Me sonrió. Entré en el taxi. A los minutos, Alí, que así se llamaba el simpático tipo que nos llevaba, seleccionaba de entre sus cd los más alegres. Llevábamos el ritmo con palmadas planas, como un grupo de bereberes…Atravesábamos una red de autovías, camino del centro histórico de Damasco, coches destartalados, otros no tanto, montones de esas pickups chiquitas (suzukis) rebosantes de granadas enormes, o gente o sacos de vete a saber tu qué, y a las que sus propietarios añaden barras de hierro para poder llevar más carga sin que caiga y que pululan lentas por los zocos… Entonces pensé en Naima, envuelta en aquella luz lechosa y dorada; Naima, nacida tal vez en una de esas ciudades fantasma entre Damasco y Bosra, en aquella sequedad. Pensé en el viaje en autobús, en el hombre que subió en ninguna parte con un pie de olivo que dejó en la escalera de acceso. Pasolini habría enloquecido (y yo con él!): aquel joven era de una belleza absoluta… Lo imaginé en las “Mil y una noches” del maestro vagando desesperado, en pos de su desaparecida amada, gritando aquello de “Somorrurtu, Somorrurtu” (se llamaba así la esclava, no? ). Pensé en cómo aquellas paradas imprevistas, en plena aridez, en medio del polvo, de la nada me hacían pensar en aquéllas que va haciendo el bus de Barbastro al acercarse a Zaragoza… Naima, salam, hermana, tan lejos, tan cerca… Yo podría haber sido ella de nacer en una de esas ciudades en algún punto camino a Bosra.














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